Con sabor y olor

¿Es mi soledad la que me habla? ¿La que me dice “sólo es sufrir, el desearlo”?
Quizás, pero vieras… no la escucho. No la atiendo; es como un buitre esperando por mi, para llevarme a morir.
No.
Su voz se pierde entre el vaho de mi deseo, de mi profundo amor por ti, que son mucho más fuertes que su afán de derrotarme.
Mi piel es suave y a veces la toco imaginando que mi mano es la tuya, para saber qué sentirás cuando lo hagas. Toco todas las partes más sensibles de mi erotismo, de mi sensualidad y siento que te las regalo.
Me gusta imaginar tu beso. En los últimos días me he dejado rozar mi boca por la tuya y por el dulzor de tu lengua. Me he imaginado tu olor y he visto tus ojos cerrados muy cerca de mi, mientras me besas.
He imaginado tu respiración apasionada, el temblor de tu aliento y el ardor de tu piel mientras me acaricias y recorres mi cintura, mis caderas, mis senos desnudos, mis muslos abriendo para ti un camino para llegar a mi interior.
He imaginado todo, pero con sabor y olor. Con la naturaleza pura de tu cuerpo ahora, necesariamente sabio para el sexo, necesariamente maduro y profundamente amado, anhelado.
Tu rostro y esa blandura en las mejillas que dan los años, me es tan deseable… me es tan angustiosamente necesitada tu pasión, tu necesidad de mi.
Me entregaría con la serenidad de una tormenta de verano persistente, segura y decidida, pero dulce. Me entregaría con la pasividad convencida del estar enamorada de tus ojos, de tus brazos, de tus piernas, de tu sexo…
Enamorada de tu dulzura, de tus sentimientos frágiles en mis manos, cuidados como cristales multicolores que reflejan en mi alma un decidido deseo de sentir tu amor, también en la calidez de mi vientre, sentirlo tan en lo profundo… Tan en el lugar donde pertenece, tan en la meta, tuya y mía de unir el placer para potenciarlo en la seguridad de que somos el uno para el otro.
Es un placer reservado al Paraíso. Mi placer absoluto, de mi cuerpo con mi alma, eres tú.


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